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[nettime-lat] Israel y Estados Unidos, una relación única
xa on Wed, 23 Jan 2002 00:27:02 +0100 (CET)


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[nettime-lat] Israel y Estados Unidos, una relación única




Israel y usa, una relación única
James Petras
CSCAweb/Rebelión

Las relaciones entre EE.UU e Israel han sido descritas de distintas maneras.
Los políticos se refieren a Israel como el mejor aliado de EE.UU en Oriente
Medio, si no en el mundo. Otros lo consideran un aliado estratégico. Algunos
piensa que Israel y EE.UU comparten valores democráticos comunes en la
guerra contra el terrorismo. Dentro de la izquierda, los críticos consideran
a Israel una herramienta del imperialismo norteamericano para minar el
nacionalismo árabe, un baluarte contra el terrorismo fundamentalista
islámico. Unos pocos escritores señalan el "exceso de influencia" que el
gobierno israelí ejerce en la política del gobierno norteamericano a través
de los poderosos lobbies y personalidades judíos en los círculos mediáticos,
financieros y políticos.
Aun cuando haya algo de verdad en lo anterior, existe un aspecto único en
esta relación entre una potencia imperial como EE.UU y una potencia regional
como Israel. A diferencia de la relación de Washington con la Unión Europea
(UE), Japón y Oceanía, Israel es quien presiona y obtiene vastas
transferencias de recursos financieros (2,8 mil millones de dólares al año;
84 mil millones en 30 años). Israel obtiene transferencias de los más
modernos armamento y tecnología, acceso sin restricciones a los mercados de
EE.UU, libre acceso de emigrantes, el compromiso de apoyo incondicional de
EE.UU en caso de guerra y represión del pueblo palestino colonizado, y la
garantía del voto de EE.UU en contra de cualquier resolución de Naciones
Unidas.
Desde el punto de vista de las relaciones entre Estados, la potencia menor
regional es la que arranca un tributo al Imperio, un resultado aparentemente
único o paradójico. La explicación de esta paradoja se encuentra en el
poderoso e influyente papel de los judíos proisraelíes en sectores
estratégicos de la economía norteamericana, partidos políticos, el Congreso
y el poder Ejecutivo. El equivalente más próximo con imperios del pasado es
el de los influyentes colonizadores blancos de las colonias, que por medio
de sus vínculos en el extranjero fueron capaces de obtener subsidios y
relaciones comerciales especiales.
Los "colonos" israelíes en EE.UU han invertido y donado miles de millones de
dólares a Israel, en algunos casos desviando fondos de las cuotas de los
sindicatos de trabajadores con bajos sueldos para comprar bonos israelíes
empleados para financiar nuevos asentamientos coloniales en los territorios
ocupados. En otros casos, el Estado de Israel ha protegido a judíos
fugitivos de la justicia norteamericana, especialmente a riquísimos
estafadores como Mark Rich, e incluso a gángsteres y asesinos. Las
ocasionales demandas oficiales de extradición por parte de la justicia
norteamericana han sido deliberadamente ignoradas.
El imperio colonizado se ha desvivido por ocultar su sumisión ciega a su
supuesto aliado, pero poder hegemónico de hecho.
La relación entre EE.UU e Israel es la primera de la historia contemporánea
en la que el país imperial encubre un importante ataque militar deliberado
de un supuesto aliado. En 1967 el U.S. Liberty, un barco de comunicaciones y
de reconocimiento, fue bombardeado y destruido durante casi una hora por
aviones de combate israelíes en aguas internacionales, lo que provocó
cientos de muertos y heridos entre los marineros y oficiales [1]. Mensajes
por radio israelíes interceptados así como el hecho se que se mostrara muy
claramente la bandera norteamericana demuestran que fue un acto deliberado
de agresión. Washington actuó como habría actuado cualquier dirigente del
tercer mundo ante un embarazoso ataque a su hegemonía: silenció a sus
oficiales de marina que habían sido testigos del ataque y aceptó
discretamente una compensación y una disculpa formal. Aparte del hecho de
que esto fuera una acción sin precedentes en las relaciones militares y
diplomáticas de EE.UU con cualquier aliado, no se conoce ningún caso de un
país imperial que encubra un ataque de un aliado regional. Muy al contrario,
a circunstancias similares han seguido respuestas diplomáticas y militares
belicosas.
En ningún caso se puede explicar esta aparente anomalía por medio de la
debilidad militar o la ineficacia diplomática: el armamento de Washington es
claramente superior y sus diplomáticos son capaces de elevar una enérgica
protesta ante aliados o adversarios cuando existe voluntad política. El
lobby judío- norteamericano, los congresistas, los medios y los magnates de
Wall Street estratégicamente situados en el sistema político económico de
EE.UU, garantizaron que el Presidente Johnson actuara dócilmente [2]. Ni
fueron necesarias presiones directas porque un liderazgo político hegemónico
actúa, aparentemente, según sus propias creencias una vez aprendidas la
reglas del juego político. La relación entre EE.UU e Israel es una relación
única, que ni siquiera un ataque militar no provocado puede poner en
cuestión. Como todos los poderes hegemónicos, Washington amenazó a los
testigos de la marina norteamericana con un juicio militar si hablaban
mientras que mimaban a sus agresores en Tel Aviv.
Otro ejemplo de la asimétrica relación se encuentra en uno de los
principales casos de espionaje durante la Guerra Fría que implicó a un
agente israelí, Jonathan Pollard, y al Pentágono. Pollard robó y copió
durante varios años bolsas llenas de documentos reservados sobre el servicio
de inteligencia norteamericano, la contrainteligencia, planes estratégicos y
armamento militar, y los puso en manos israelíes. Fue el caso de espionaje
más importante llevado a cabo contra EE.UU por cualquier aliado en la
historia reciente. Pollard y su mujer fueron declarados culpables. El
gobierno norteamericano protestó en privado al israelí. Los israelíes, por
su parte, organizaron por medio de sus aliados judío-norteamericanos un
lobby para hacer propaganda a su favor. Finalmente, todos los principales
dirigentes israelíes e integrantes de los lobbies judío-norteamericanos
hicieron campaña a favor de su amnistia y estuvieron a punto de lograrlo con
el presidente Clinton.
La desigual relación se hace claramente patente en el caso de un importante
fugitivo de la justicia, Mark Rich. Financiero y comerciante, el tribunal
federal norteamericano lo condenó por diversos casos de clientes estafados y
timados. Huyó a Suiza y posteriormente obtuvo el pasaporte y la ciudadanía
israelí al invertir fuertes cantidades de su mal adquirida fortuna en
industrias y obras benéficas israelíes. A pesar de la gravedad de su delito,
Rich se codeó con los principales líderes en Israel y con su elite
económica. En el año 2000 el primer ministro israelí y numerosas
personalidades judías pro-israelíes, incluyendo a la ex-esposa de Rich,
convencieron a Clinton de que lo amnistiara. Mientras se alzaban protestas
por la relación entre la amnistia de Rich y la contribución de más de
100.000 dólares realizada por su esposa al Partido Demócrata, la subyacente
relación de subordinación a la influencia israelí y al poder del lobby
israelí en EE.UU se hacía claramente más importante. Vale la pena señalar
que es extraordinariamente poco frecuente que un presidente de EE.UU
consulte a un gobernante extranjero (como hizo Clinton con Barak) en
relación a un estafador convicto. No tiene precedentes el perdonar a un
acusado fugitivo de la justicia y que nunca cumplió condena.
El poder de Israel se manifiesta en los numerosos peregrinajes anuales que
influyentes políticos norteamericanos hacen a Israel para declarar su
lealtad al Estado israelí, incluso durante periodos de represión intensiva
de los rebeldes. Por el contrario, los sátrapas norteamericanos del
mini-imperio israelí aplaudieron la invasión del Líbano por parte del Estado
judío, su sangrienta represión de la primera y segunda Intifada y se
opusieron a cualquier mediación internacional para prevenir más masacres
israelíes, sacrificando así cualquier credibilidad en la ONU.
En las votaciones en la ONU, incluso en el Consejo de Seguridad, a pesar de
la abrumadora evidencia de violaciones de los derechos humanos presentada
por los aliados de la UE, Washington ha trabajado duro al servicio de su
hegemonía. Sacrificando su credibilidad internacional y distanciándose
deliberadamente de otras 150 naciones, Washington calificó las críticas al
racismo israelí de antisemitismo. Esto no constituye el punto culminante del
servilismo de Washington ante Israel.
El caso más reciente y quizá más importante del servilismo de Washington
sucedió en los meses anteriores y posteriores al ataque del 11 de septiembre
al World Trade Center y al Pentágono. El 12 de diciembre de 2001, los
informativos de la Fox supieron por fuentes del servicio de inteligencia de
EE.UU e investigadores federales que desde el 11 de septiembre habían sido
detenidos 60 israelíes implicados en una campaña mantenida durante largo
tiempo para espiar a funcionarios del gobierno norteamericano. Muchos de
estos detenidos son agentes israelíes activos, militares o de la
inteligencia. Fueron arrestados según la Ley Patriótica antiterrorista.
Muchos fueron descubiertos en el detector de mentiras al responder a
preguntas relativas a actividades de vigilancia contra y en EE.UU. Aún más
grave, investigadores federales creen con razón que los agentes israelíes
habían recopilado previamente informaciones acerca de los atentados del 11
de septiembre y que no informaron a su aliado de Washington. El grado de
implicación de Israel en los hechos del 11 de septiembre es un secreto
celosamente guardado. Un importante investigador federal dijo a los
informativos de la Fox que existen "conexiones". Cuando se le pidió que
diera detalles, el investigador federal se negó: "las pruebas que vinculan a
estos israelíes con el 11 de septiembre están clasificadas. No puedo
hablarles de las pruebas que se han reunido. Es información clasificada".
Nada como este caso de espionaje israelí ejemplifica el poder que Israel
tiene sobre Washington. Incluso en el caso del peor bombardeo en la historia
de EE.UU Washington suprime pruebas reunidas federalmente que vinculan a
conocidos espías israelíes con posibles evidencias de un conocimiento
previo. Es evidente que estas pruebas pueden plantear preguntas acerca de
los vínculos y lazos entre elites políticas y económicas así como minar las
relaciones estratégicas en Oriente Medio. Lo que es más importante, puede
enfrentar a la Administración Bush con el lobby judío norteamericano y su
poderosa red formal e informal en los medios, las fianzas y el gobierno. Los
informativos de la Fox obtuvieron numerosos documentos clasificados de
investigadores federales, probablemente frustrados por el encubrimiento del
espionaje israelí por parte de dirigentes políticos en Washington. Estos
documentos revelan que incluso antes del 11 de septiembre, al menos otros
140 israelíes habían sido detenidos o arrestados en una investigación
secreta sobre el espionaje israelí, a gran escala y durante muchos años, en
EE.UU. Ninguno de los principales medios escritos o electrónicos informó de
estas detenciones. Ni el presidente ni ninguna de las principales figuras
del Congreso habló acerca de los continuos y persistentes esfuerzos de
Israel por obtener datos militares y de inteligencia claves de EE.UU.
Los documentos clasificados detallan "cientos de incidentes en ciudades y
pueblos por todo el país", que los investigadores aseguran que pueden ser
una creciente actividad de la inteligencia israelí organizada. Según los
documentos federales citados por los informativos de la Fox, los agentes
israelíes seleccionaron y penetraron en bases militares, en la DEA [Agencia
contra la droga], en el FBI y en docenas de centros gubernamentales e
incluso en oficinas secretas y domicilios particulares (no incluidos en
ninguna guía) de personal de los departamentos de justicia e inteligencia.
El documento de la General Accounting Office [Oficina General de
Cuentas] -una sección de investigación de Congreso norteamericano- se
refiere a Israel como "País A" y afirma que "el gobierno del País A lleva a
cabo la más agresiva operación de espionaje contra EE.UU de todos los países
aliados de EE.UU". Un informe de la Inteligencia de Defensa afirma que
Israel tiene una "voraz apetito de información... Recopila agresivamente
tecnología militar e industrial, y EE.UU es su principal prioridad".
El Informe de los informativos de la Fox escrito por Carl Cameron apareció
en Internet un día (el 12 de diciembre de 2001) y luego desapareció; no hubo
continuación. Ninguno de los demás medios aprovechó este importante informe
sobre espionaje. Es indudable que la poderosa influencia proisraelí sobre
los medios tuvo que ver con ello. Más significativamente que la "presión"
directa, la hegemonía israelí "persuade", "intimida" a los medios y a los
dirigentes políticos para que actúen con la mayor discreción restringiendo
la información sobre apropiación israelí de información estratégica.
Mientras que la red de agentes israelíes a veces es objeto de arrestos,
interrogatorios y expulsiones, el Estado israelí y sus ministros en activo
nunca son condenados públicamente, ni hay nunca respuesta oficial alguna
como la simbólica retirada temporal del embajador norteamericano.
El paralelismo más cercano con el comportamiento estadounidense respecto a
los espías israelíes es la respuesta de los países pobres y dependientes del
Tercer Mundo ante casos de espionaje norteamericano. En este contexto, los
dóciles gobernantes piden discretamente al embajador que refrene a algunos
de los más agresivos agentes.
Una pregunta no respondida: el 11 de septiembre y los israelies
Después del 11 de septiembre, por todo el Oriente árabe circularon rumores
de que el bombardeo había sido una conspiración israelí para incitar a
Washington a atacar a sus adversarios árabe-musulmanes. Estas noticias y sus
autores sólo proporcionaron pruebas circunstanciales, a saber, que la
campaña antiterrorista de Bush legitimaba la represión "antiterrorista" de
los palestinos por parte de Sharon. Las noticias que implicaban a Israel
fueron completamente descartadas por todos los medios y dirigentes políticos
adeptos. Los investigadores federales norteamericanos revelan ahora que
Israel pudo haber tenido noticias del ataque antes de que éste ocurriera y
no informar de ello.
Esto plantea la cuestión de la relación entre terroristas árabes y los
servicios de información israelíes. ¿Penetraron los israelíes en el grupo u
obtuvieron información acerca de ellos? La información confidencial de los
investigadores federales podría posiblemente clarificar estas vitales
cuestiones. Pero, ¿se hará alguna vez pública esta información confidencial?
Lo más probable es que no, por la sencilla razón de que pondría de
manifiesto, por medio de esos agentes secretos, la influencia israelí en
EE.UU y, más importante, de sus poderosos lobbies en el extranjero y de sus
aliados en el gobierno y las finanzas. La ausencia de cualquier declaración
pública concerniente al posible conocimiento israelí de los hechos del 11 de
septiembre es muestra de la vasta, omnipresente y agresiva naturaleza de sus
poderosos defensores en la diáspora. Dada la enorme importancia económica y
política que los medios han otorgado al 11 de septiembre, y los aplastantes
poderes, fondos e instituciones creados en torno a la cuestión de la
seguridad nacional, es sorprendente que no se haya mencionado a las redes de
espionaje israelí que operan en las más delicadas esferas del antiterrorismo
norteamericano.
Por supuesto, esto no es sorprendente si comprendemos correctamente la
"relación única" entre el imperio norteamericano e Israel, una potencia
regional.
Cuestiones teóricas
La relación entre EE.UU, una potencia global imperial, e Israel, una
potencia regional, nos proporciona un modelo único de relaciones
interestatales. En este caso, la potencia regional arranca un tributo (2,8
mil millones de dólares en contribuciones directas del Congreso
norteamericano), libre acceso a los mercados norteamericanos, protección en
el extranjero a delincuentes judíos ante procesos judiciales o posible
extradición a EE.UU mientras estén implicados en espionaje persistente y
blanqueo de dinero. Además, Israel establece límites de la política de EE.UU
en Oriente Medio en foros internacionales. La hegemónica posición israelí ha
perdurado tanto bajo la presidencia republicana como bajo la demócrata,
durante casi medio siglo. En otras palabras, es una relación historicamente
estructural, que no se basa ni en personalidades ni en configuraciones
transitorias de política de partido.
Diversas hipótesis emergen del estudio de esta realción única.
La primera proviene del hecho de que el Estado territorial israelí tiene
poco poder de persuasión, alcance económico o influencia militar, en
comparación con las principales potencias (Europa y EE.UU). El poder de
Israel se basa en la diáspora, las muy bien estructuradas y política y
económicamente poderosas redes judías que tiene acceso directo e indirecto a
centros de poder y de propaganda en el más poderoso país imperial del mundo.
El tributo es extraido por medio de la influencia de esos "colonialistas
internos" que operan en el nivel de los fabricantes de opinión en los medios
y vía el Congreso y la presidencia. Cerca del 50% de los fondos del Partido
Demócrata procede de judíos proisraelíes. Por cada dólar gastado por las
redes judías para influenciar el voto, el Estado de Israel recibe 50 en
ayudas para financiar la construcción y el armamento de los asentamientos
coloniales en los Territorios Ocupados, incluyendo piscinas, jardineros
rumanos y doncellas filipinas.
Por medio de las redes en el extranjero, el Estado israelí puede intervenir
directamente y establecer los parámetros de la ayuda exterior norteamericana
en Oriente Medio.
Las redes en el extranjero desempeñan un papel principal en perfilar el
debate interno sobre a la política norteamericana respecto a Israel. La
propaganda que asocia la represión israelí de los palestinos a una respuesta
justificada de las víctimas del Holocausto ha sido repetida y divulgada por
todos los medios. Desde las cumbres de los medios a las salas de juntas de
los abogados y las salas de espera de los médicos los que apoyan la red
tildan agresivamente de antisemita a cualquier voz crítica. Por medio de la
intimidación a nivel local y de maliciosas intromisiones en las distintas
profesiones, los fanáticos defienden la política israelí y a sus dirigentes,
aportan dinero, organizan a los votantes y se infiltran en los despachos.
Una vez ahí sintonizan con las necesidades de la política israelí.
El fenómeno de expatriados extranjeros que tratan de influir en una potencia
imperial no es exclusivamente judío. Pero en ningún otro caso tiene
conexiones dirigidas a establecer una relación hegemónica duradera: EE.UU,
imperio colonizado por un poder regional, paga tributo a Israel y está
sometido a las anteojeras ideológicas de estos colonos extranjeros.
Muchas preguntas permanecen sin respuesta mientras el Imperio prosigue
agresivamente su expansión militar y las voces internas de la represión
reducen los términos del debate público.
Conclusión
Al tiempo que estos colonos extiende su influencia por las esferas política
e intelectual, se sienten mas seguros reafirmando la superioridad israelí
sobre EE.UU, especialmente en los ámbitos de la coacción política y la
guerra. Se jactan descaradamente de la superioridad del sistema de seguridad
israelí, de sus métodos de interrogatorio, incluyendo sus técnicas de
tortura, y piden que EE.UU siga la agenda de guerra Israel en Oriente Medio.
Seymour Hersch insta al FBI y a la Agencia de Inteligencia norteamericanos
para que siga la práctica de la policía secreta israelí de usar o amenazar
con tortura a los familiares, padres incluidos, de los sospechosos de
terrorismo. Richard Perle, que tiene una gran influencia en el Departamento
de Defensa de Rumsfeld, aboga por la táctica israelí de bombardeos ofensivos
a los adversarios. "En 1981 los israelíes se enfrentaron a una decisión
urgente: ¿debían permitir que Sadam Husein abasteciera de combustible a un
reactor nuclear construido por Francia cerca de Bagdad, o destruirlo? Los
israelíes decidieron atacar preventivamente. Todo lo que sabemos (sic)
acerca de Sadam Hussein obliga (sic) al presidente Bush a tomar una decisión
similar: emprender una acción preventiva o esperar, posiblemente hasta que
sea demasiado tarde" [3].
Otro prominente colono, el senador Joseph Lieberman, hizo un llamamiento
para que EE.UU bombardeara Siria, Iraq e Irán tras el 11 de septiembre,
haciéndose eco del consejo del primer ministro Sharon al presidente Bush.
Alan Dershowitz, profesor de derecho en Harvard, refrendó públicamente la
represiva legislación en EE.UU, cuyo modelo era el sistema israelí de
detención ilimitada de palestinos.
Los colonos subordinan la política norteamericana a las necesidades de la
política exterior israelí, independientemente de las circunstancias y de los
extremos a los que les empuja la política colonial israelí. Además, como
representantes del poder hegemónico en EE.UU, tratan incluso de controlar a
bajo nivel las medidas de seguridad -tortura en los interrogatorios- al
tiempo que se convierten en vociferantes defensores de una guerra
generalizada en Oriente Medio. Los colonos han influido con éxito en el
gobierno de EE.UU para que bloquee cualquier iniciativa de la UE respecto a
una mediación internacional, al tiempo que EE.UU auspiciaba el Plan
Mitchell, que recomendaba observadores de paz. En resumen, a pesar de sus
intranscendentes y puntuales críticas a los excesos de Israel, EE.UU no sólo
ha sido un defensor incondicional de Israel, sino que ha hecho lo mismo, en
el contexto de la sangrienta y prolongada represión y ocupación de los
territorios palestinos, de las que Washington es cómplice. La hegemonía
israelí sobre EE.UU a través de sus colonos es un arma formidable para
neutralizar a los aliados de EE.UU de la OTAN, a los vasayos petroleros
árabes, a la vasta mayoría de la Asamblea General de la ONU e incluso a su
propio público en determinados asuntos de Oriente Medio.
Más peligrosa todavía es la paranoia irracional que los colonos transfieren
de la política israelí a EE.UU. Todos los árabes son sospechosos. Se debe a
amenazar a los adversarios de Oriente Medio, si no bombardearlos. Se deben
establecer tribunales militares secretos y la justicia sumaria para los
sospechosos de terrorismo. Los medios están especialmente puestos a punto
para recoger el síndrome de paranoia israelí: magnificando cada amenaza,
mostrando la resolución y eficiencia israelí contra los terroristas árabes.
El estilo paranoico de la política ha conducido a los ataques israelíes a
países árabes en Oriente Medio, al espionaje en EE.UU, a la compra ilegal de
armas nucleares en EE.UU y a una violencia sin tregua contra los palestinos
y los libaneses. El peligro es que la asimilación del estilo paranoico por
parte de EE.UU tiene enormes consecuencias, no sólo para Oriente Medio, sino
para el resto del mundo y para las libertades democráticas en EE.UU.
Lo que los intelectuales colonos y otros publicistas israelíes olvidan
mencionar es que la política de seguridad israelí es un completo desastre:
estaciones de autobús, centros comerciales, hoteles de cinco estrellas,
pizzerías y todas sus fronteras han sido atacados, y cientos de ciudadanos
israelíes han sido asesinados o heridos. Miles de israelíes cultos huyen del
país precisamente a causa de la inseguridad y de la proximidad de la
violencia que ni el Shin Ben, ni el ejército, ni los colonos de los
asentamientos son capaces de impedir.
Ciegos ante los fallos de la seguridad israelí, los colonos insisten en
crear condiciones para la represión interna y la guerra externa. Dado su
influyente papel en los medios, su importancia en las páginas de opinión y
en los editoriales de los más prestigiosos periódicos, el mensaje de los
colonos llega mucho más allá de su limitado número y de su mediocridad
intelectual. Posición y dinero pueden compensar sus patologías sicológicas y
políticas así como anular cualquier escrúpulo acerca de lealtades dobles.
Notas:
1. James Bamford, Body of secrets. Doubleday: New York, 2001. pp.: 187-239.
2. Muchos judíos no están de acuerdo con aspectos particulares de la
política israelí y no aprueban el incondicional apoyo del lobby
judío-norteamericano a Israel. Pero sus voces no se escuchan y en la mayoría
de los casos tienen escasa o nula influencia en la política, los medios y la
economía.
3. New York Times, 28 de diciembre de 2001, pág. 19.

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